lunes, enero 08, 2018

Sin miedo a volver a empezar










En la vida de una tejedora compulsiva, como me defino sin complejos, existen dos grandes problemas: donde guardar el stash lanero, cómo gastar los restos de lana.
El primer problema lo he ido solucionando comprando cajas de almacenaje, e inventariándolas cada tanto para saber qué tengo. Si, ese es un problema derivado del primero, llega un momento en que guardas tanto y tan bien, que pierdes la noción de lo almacenado.
El segundo problema requiere más atención. Las lanas que tienen un grosor intermedio, las destino a rebecas o jerseys de aprovechamiento. Y consiste en hacer un jersey o chaqueta con un patrón básico, normalmente top-down, multicolor y multicalidad (porque no tengo pudor ninguno en mezclar merino con algodón, con lana virgen). Tengo que reconocer que el resultado de estos aprovechamientos, suelen ser prendas imposibles, que pondrían a prueba el TOC de cualquiera, pero que por contra, se convierten en las prendas que más nos ponemos, que más usamos, y con las que nos encontramos extrañamente cómodas y felices. Misterios del mundo tejeril.
La otra solución a los restos, cuando éstos son más finos, son las mantas. Tengo una especial predilección por hacer grandes trabajos partiendo de la nada. Supongo que por eso me entusiasmó el patchwork desde el principio. Básicamente hago lo mismo con las lanas.
Hace ya unos cuantos años, cuando ya tenía una buena bolsa de restos de calcetines, empecé a hacer grannies a ganchillo. Aquí tengo que hacer un inciso, aunque puedo trabajar sin problema con el ganchillo, no me estimula de la misma manera que las agujas, sin embargo, de vez en cuando me gusta hacer algo de crochet. Pues bien, ahí que me puse a hacer cuadritos. Y uno, y otro, y otro más... y llegué a tener casi 150 cuadradillos. Y llegados a este punto, llegó la cuestión de cómo los iba a unir. Y entonces me desmotivé. No tenía ninguna idea de cómo hacerlo que quedara de mi gusto.
Así que tiré por la calle del medio: busqué una caja grande, los guardé, y quitándolos de mi vista, solucioné el problema. Por lo menos, de momento, ojos que no ven, corazón que no siente.
Y el tiempo pasó, hasta que hace pocas semanas mi queridísima Loli sacó la última manta que había hecho. Para la que usó la técnica del domino knitting square, y se me encendió la bombilla.
Corrí a buscar un resto, y veloz como un rayo hice los primeros cuatro cuadrados.
Descubrí lo bien que se unían, lo bien que quedaba, y lo mucho que me solucionaría el problema de unir tantos bloques para hacer la manta y gastar los restos.
Pero ahi llegó el gran dilema: empezar de cero con los nuevos restos, o deshacer todo lo hecho ya.
Y entonces me dejé reposar. Hice un caldo en crockpott. Es uno de mis técnicas para darme tiempo.
Metes todo junto, le das al botoncito, y esperas. Pero tienes que esperar de verdad. 12 horas haciendo chupchup. Y tienes que dejar pasar ese tiempo para poder saborear un caldo delicioso.
Ese tiempo de reposo me sirvió para tomar la decisión. Había llegado el momento de tirar de la hebra. Sin miedo, con decisión, y con mucha energía. Hay veces que deshacer es una gran victoria. Y emprender nuevamente la tarea con las ideas más claras, y con mayor optimismo, sabiendo que el resultado esta vez sí va a ser el bueno.
Y esto amigas, es aplicable a cualquier asunto de nuestra vida.
Así que ahí estoy, tirando de la hebra al mismo tiempo que voy tejiéndola nuevamente.