jueves, junio 18, 2015

La mejor manera de celebrar los 11 años de blog







11 años con esta ventana abierta.
11 años de un montón de letras, canciones, comidas y puntos.
11 años de sueños... 11 años.
Abrí este blog para sacar afuera la cantidad de cosas que se me acumulaban en la garganta. Hoy sigue abierto con la misma intención, aunque le ha ganado terreno la necesidad de dejar testimonio de las cosas que van pasando por mi y nuestra vida. Esas pequeñas cosas que no son grandes logros pero que juntas hacen que nuestra vida sea llevadera y feliz. Sobre todo feliz.
Tengo muy interiorizado la afirmación de que la felicidad está en las pequeñas cosas.
Abrí este blog cuando me asomaba muerta de miedo a la treintena, y lo continúo hoy con un pie casi puesto en los cuarenta. La realidad es que por fin he asumido la alegría de cumplir años, y de celebrar. Qué necesarias y estupendas son las celebraciones. He aprendido a diferenciar lo necesario de lo accesorio. Y también he aprendido a valorar lo realmente importante. Y que lo más importante que tengo es el tiempo.
El tiempo que le dedico a las personas que quiero, y las cosas que me gustan, y a disfrutar de esas pequeñas chispas que la vida te pone en el camino cada día.
Viajo, 11 años después, muy ligera de equipaje. Sigo oyendo música en mi cabeza cada día, aunque ahora cante menos; sigo subrayando los libros que leo, aunque ya no tenga los bolsos llenos de servilletas con cosas escritas. Y sigo necesitando el silencio por la mañana, por eso me despierto una hora antes de que lo haga Emma, para poder disfrutar de ese tiempo en completo silencio.
Sigo teniendo sueños, muchos sueños. Tengo ilusiones, y tengo la necesidad de dar gracias a diario, por las bendiciones que la vida me ha dado en estos 11 años.
He concentrado mis inquietudes, porque otra de las cosas que he asumido en este tiempo, es que no me va a dar tiempo a hacer todo lo que me gustaría, y por eso me concentro en lo que realmente no quiero dejar de experimentar.
Estos días, pensando ya en la celebración que tenía por delante, hice tres de mis cosas favoritas: tejer, estar entre flores y cocinar.
He terminado el bloomsbury para Emma, he vuelto al jardín municipal para coger unas ramitas de lavanda más, esta vez me llevé ayudante y la tarea resultó mucho más fácil. Y al llegar a casa, preparamos un one-pot-pasta. Hace tiempo que veo estas recetas por pinterest, y tenía ganas de probar. Seguí mas o menos la receta, pero como no tenía champiñones, le puse unas habas y unas judías verdes. Bien de queso y nata. Tomillo y pimienta al servir. La verdad es que es un buen plato. Seguiré probando nuevas mezclas.
Y sí, la vida ahora, parece que me trata bien. Y yo me doy cuenta, y lo valoro.
La vida, cuando te limpias las gafas de ver, mola.

jueves, junio 11, 2015

¡Cuidado! Fermentación en proceso







Yo no sé dónde y cuándo fue la primera vez que vi/leí algo sobre los fermentados. La cuestión es que este invierno por IG tres de cada cinco personas que sigo, estaba comprando botes y haciendo chucrut como si no hubiera mañana. Y yo que soy así, un poco culoveoculoquiero, me puse a investigar, al tiempo que salivaba.
Encontré buena información aquí y aquí. Y aquí un montón de recetas interesantes.
Empecé muy tarde a envasar. Allá por abril de este año, casi cuando las bajas temperaturas nos abandonaban. Decir bajas temperaturas aquí, es decir 15-20ºC, que a uno de Bilbao le va a dar la risa si lo lee. Pero es lo que tiene vivir en un clima subtropical.
La cuestión es que un día, a lo tonto, encontré en un supermercado local, una col china, y no me lo pensé.
Lo primero que preparé fue kimchi, con una receta inventada porque me faltaban la mitad de los ingredientes, y como olía tan bien, casi no lo dejé fermentar. Creo que me lo comí antes de tiempo, solo porque no podía aguantar las ganas de probarlo.
Ya en el carro me animé a hacer chucrut básico. Y me hice el firme propósito de no abrirlo al menos, hasta que pasaran 4 semanas. No sé cómo aguanté.
Entonces empecé a pensar que ya que estaba, debía hacer chucrut de col lombarda, y ketchup, y kimchi de nuevo.. Total, por ir teniendo la despensa llena.
El chucrut normal, fue perdiendo el tono verde para volverse algo más amarillo y se fue llenando el bote de jugos. El chucrut de col lombarda también fue perdiendo la intensidad de color, aunque no fue ganando tanto líquido como el otro. El ketchup lo tuve unos días a temperatura ambiente, y luego ya lo pasé a la nevera. Y el kimchi.. ¡ay! el kimchi. Los tres primeros días iba todo muy bien. Pero el cuarto día, un domingo por la mañana, empecé a oir un pssssssss, primero tímido, pero luego mucho más intenso. Me puse a caminar por la cocina aguzando los sentidos para identificar de dónde venía el ruido, hasta que me dí cuenta de que el sonido procedía de los botes fermentados. Con sumo cuidado levanté el paño que tenía puesto por encima. El bote que despedía aquel ruido era el de kimchi. Como si manipulara una bomba de protones, lo cogí y lo puse sobre el fregadero. El sonido cada vez era más fuerte. Respiré profundo, y agarré el cierre. Al intentar abrirlo, el bote me saltó de las manos. Y su interior se desperdigó por toda la cocina. Había kimchi en el fregadero, en la ventana, en el stor, hasta en el techo. Y por supuesto en mi cara, manos, cuerpo y pies. Todo era kimchi aquel domingo por la mañana.
Desde entonces no lo he vuelto a hacer, le he cogido como miedo. Y he aprendido una lección muy muy importante: no se debe llenar el bote hasta el borde, hay que dejarle hueco a los gases que desprende la fermentación, o en su defecto, abrir el bote cada tanto, para que no se acumulen esos gases.
Otra cosa que he aprendido, es el punto de fermentación. Con la temperatura que tengo en casa, el punto de fermentado que me gusta, se alcanza a las 4-5 semanas. Cuando ha pasado ese tiempo, lo he cambiado a botes más pequeños y los guardé en la nevera.
Quitando este incidente, el resto de fermentados ha sido un éxito.
He añadido el chucrut a mis perritos, a las ensaladas y a los sandwiches. Los beneficios los he notado bastante pronto. Normalmente ceno muy ligero, porque tengo digestiones muy lentas, que me provocan malestares nocturnos. Sin embargo, cenando cualquier cosa con chucrut, siento que digiero rápido y que mi estómago trabaja a buen ritmo. Vaya, que desde que lo como, me encuentro mucho mejor del estómago.
La terrible noticia, es que estoy llegando al fin de mis existencias, y ya hace demasiado calor para una buena fermentación. Así que tendré que esperar al próximo invierno para llenar mi despensa de botes.
Instragram me trajo los fermentados, y Twitter la limonada. ¡Pero qué útiles son las redes sociales!.
Cogí la receta de unos tweets y tengo que decir que es un win win.
Se infusiona un palo de canela y unos clavos, y azúcar al gusto. Se deja enfriar. Se exprime un limón (o varios, dependiendo del gusto personal, a nosotras nos gusta con uno), y se añade a la infusión anterior. En una jarra se pone el hielo, y el jugo del limón con la infusión. El toque de canela y clavo le da un gusto espectacular.

domingo, junio 07, 2015

Apuntes para el próximo invierno





Dice mi queridísimo Jabicombe, que aquí las bobas se acabaron, y tiene razón.
Este invierno que se acaba de ir, ha sido con diferencia uno de los más frescos que yo recuerdo. Puede que sea el cambio climático, o que mi termostato interno esté cambiando, que una ya se va a acercando a una edad más que comprometida; pero el caso es que frío, he pasado más que una tonta.
Y hasta aquí, miniño, a mí el año que viene no me coge igual.
Cuando me quedé embarazada (diciembre del 2010), hice una compra de lanas online, en la que estaba este ovillo amarillo mostaza, chillón donde los haya. La idea siempre fue hacerme estos maravillosos calentadores. Se me dio el momento propicio cuando tuve una amenaza de aborto, que me mantuvo 10 días de la cama al sofá y del sofá a la cama. Y los empecé, pero el patrón se me atragantó.
La amenaza pasó, la mudanza siguió, nació Emma... y el resto es historia. Y el calentador empezado se quedó perdido en una bolsa. Desde entonces, cada vez que he ido al cajón de las lanas, he tropezado con él. Pero me hacía la interesante y miraba hacia otro lado, como si no lo viera.
El lunes pasado decidí dejar de mantener estos incómodos encuentros. Tiré del hilo, y me dispuse a buscar otro patrón que me motivara más. No lo encontré. Así que volví a montar puntos, y me puse a tejer sin otro horizonte que acabarlos.
Una semana me han durado en las agujas. Mientras los tejía, dudé un momento si llevarlos a término y hacer calcetines realmente, pero el calado es muy grueso, e iban a quedar unos calcetines bastante bastos. Así que desistí de la idea, y los terminé tal y como aconsejaba el patrón.
La cuestión es que ahora al verlos acabados, he vuelto a sentir el flechazo que sentí la primera vez que vi el patrón original. Y siento que el tejido frenético de una semana ha valido la pena.
En otro orden de cosas, hemos estado de comida familiar, y de pronto mi padre ha descorchado este vino, que hasta hoy yo no conocía.
Ha sido otro flechazo.
Disimuladamente me he traido el culín que quedaba en la botella a casa, y a la que Emma se ha dormido, me he puesto a escuchar el disco de Marwan, y me lo he servido. Sí que está bueno, sí.
El vino y la música son los dos ingredientes que necesito para hacer profundas reflexiones.
Me pongo a pensar y me entra la risa. Y me rio yo de esos ladrones que van robando todo lo que encuentran, pero que luego lloran porque otro más listo, les hizo lo mismo.
Gracias querido Karma, por hacer el trabajo tan bien.

miércoles, junio 03, 2015

Grandes chascos del año




Empecé este año con la idea de ir terminando las cosas que tenía pendientes, como cada año.
Y de momento, casi llegando al término del primer semestre, voy cumpliendo.
En la cajita de los esquemas de punto de cruz, tengo patrones que quería bordar desde hace mucho tiempo, probablemente años. Así que cada mes voy escogiendo uno, y lo voy bordando a lo largo del mismo mes. El mes de mayo, se me hizo un poco cuesta arriba, porque empecé muy tarde. Pero lo logré. Saqué uno de los bordados de corazones, y elegí uno de los hilos que traje de Estados Unidos (2008). Y ahí que me puse a darle a la aguja.
Elegí un lino blanco, porque todos lo que he bordado últimamente lo había hecho en linos oscuros, o tostados. Cuando acabé el esquema, el lino estaba arrugado y muy manoseado.
Ni corta ni perezosa, y como suelo hacer normalmente, pulvericé con agua, y dejé secar.
Qué terrible sorpresa me llevé cuando lo recogí para plancharlo.
El hilo, que es algodón teñido a mano, se había desteñido completamente. Y el lino que era blanco, blanquísimo, se quedó completamente emborronado.
Estos hilos, como bien ponen en la etiqueta, están teñidos a mano, pero no pone en ningún sitio que destiñan. Yo estoy acostumbrada a usar lanas teñidas a mano, e incluso telas. Normalmente no sueltan color, y si hay alguna duda de que lo hagan, viene bien advertido en la etiqueta. Igual soy una ingenua, pero esperaba lo mismo de unos hilos que cuestan casi el doble de los DMC que uso normalmente.
Ni que decir tiene que una y no más Santo Tomás.
Lo que me queda ahora es preparar un té cargado y darle un baño, a ver si se disimula un poco este desaguisado. Seguiré teniendo un bordado bonito, pero ya no será el que era inicialmente. Será otro bordado, distinto. Con un apaño, como cuando le pones un parche a algo que se ha roto.
Algo que me sucede con cierta frecuencia en estos días: poniendo parches en cosas que están rotas, y me pregunto si no me saldría mejor, asumir directamente que hay cosas que no se arreglan, que hay algunos rotos que ya no admiten más parches. Como aquel anuncio que decía que una vez que se pierde la confianza, la situación es irreparable. Podría añadir a la confianza, el respeto.
Si pierdo confianza y respeto, no hay perdones ni losientos que vuelvan a recuperar lo que había.