lunes, julio 28, 2008

Crónica de un adiós

La primera vez que nos vimos ellos estaban en dos dimensiones, en un catálogo en color, de esos que me llegaban por correo a mi domicilio de Gran Canaria. En ese tiempo, solo había una tienda de esta franquicia, que sigue existiendo, en la conocida calle de Mesa y López. Esperé pacientemente a que la tienda los recibiera, y cuando llegaron, corroboré que el flechazo que había sentido a primera vista, era de verdad y muy intenso. Casi salí de la tienda con ellos puestos.
Después de ese primer encuentro, y de sacudirme mi cartera miserienta que no miserable de estudiante, me acompañaron por numerosas calles, paseos, parques, avenidas... desde Madrid a MiNorte... Nunca me fallaron, nunca hirieron mis pies, siempre estaban listos para salir... Se acomodaban a cualquier vestimenta, desde los vaqueros al bikini... Cuando me vine a Fuerte, sufrimos una despedida, no fue un adiós, fue solo un hasta luego, y pasaron a formar esa parte de mis cosas que se quedaron en el piso de LasPalmas... para no cerrar definitivamente una etapa de mihistoria.
En mi último viaje allí, donde si que cerré un ciclo real, los rescaté. Estaban perfectos, seguían dispuestos a llevarme por cualquier lugar, así que sin pensarlo los traje al nuevo camino que ahora ando. Inicialmente, parecía que estaban agradecidos de ver de nuevo el alquitrán, los adoquines de las aceras.. pero al ir reconociendo mis pies, empezaron a sentirse desubicados. Supongo que les invadía una mezcla de asombro y desidia: reconocer unos pies, que pasados tantos años sigan igual, con ganas de avanzar, de reconocer, de caminar, de bailar... como si no hubiera pasado el tiempo, supongo que sintieron eso de "ya no estoy para estos trotes". Entonces, sin previo aviso y sin drama, decidieron decir adiós, después de un paseo, y justito al llegar a casa.
Yo, me estoy recuperando, sintiendo que nos faltó un último baile.

6 comentarios:

brujaroja dijo...

Hay objetos que deberían quedarse siempre a nuestro lado,porque son una prolongación de nuestra propia vida. Decir adiós resulta poco menos que una herida, de esas que no hay forma de curar.
El dolor de la ausencia, lo compensa saber que tus pies, que tú misma, sigues con la misma energía: que no hay quien te pare. Igual habría sido más triste que tú te quedarás arrebujada en un sofá, mientras tus zapatos seguían bailando. Sin ti.

van dijo...

para los bailes como para las copas, siempre hay que decir el penúltimo, porque para el último siempre hay tiempo...

... lo importante son esos pies, los mismos de siempre, con las mismas ganas de avanzar, de reconocer, de caminar, de seguir bailando...

y qué duren siempre!!!!


mil besos

Satautey dijo...

Me impresionas¡¡¡¡ Haces que algo tan usual como que se rompan unos zapatos que te gustan mucho una verdadera historia de amor. Yo soy incapaz de nada de eso.
Besitos guapa

Lolita Blahnik dijo...

Esos pies encontraran otros zapatos que le vayan igual de bien o mejor. Los zapatos tambien se rompen, pero eso no es algo negativo.

AnyGlo dijo...

Después de tanto tiempo, vengo a reencontrarme con tus letras!!!!

Me ha encantado esta historia. Sin duda una verdadera joya!!!

Un abrazo!!!

Adijirja dijo...

Quizás es, simplemente, que para este camino hacen falta zapatos nuevos...